Samsung: de marca chancho a imperio de la electrónica
También fueron pyme • Apr 6, 2026 10:07:48 AM
Si en la esquina de tu casa existiera el almacén Don Samsung y fueras a comprar pan, la boleta sería más larga que un papiro porque, desde lana a circuitos electrónicos, Samsung lo ha vendido prácticamente todo.
Envoltorio de noodles "Tres estrellas" (Samsung).
En los años treinta, mucho antes de los smartphones y las pantallas 8K, Samsung era una pequeña empresa cuyos pasos eran dictados por la intuición de su dueño, Lee Byung-Chul.
Empezó exportando pescado seco, frutas y tallarines (noodles, para ser más precisos: esos fideos asiáticos delgados parecidos al pelo de Justin Timberlake en el video de "It's gonna be me" de N*SYNC), pero con el tiempo diversificó tanto que Samsung llegó a vender seguros de vida, azúcar y hasta lana. De hecho, durante años tuvieron la fábrica de lana más grande de Corea.
Todo lo que tocaban parecía convertirse en oro, hasta que en 1969 decidieron hacer su apuesta más audaz: la electrónica.
Y fracasaron por primera vez.
'90s: La marca “chancho” de Corea
A comienzos de los años ‘90, Samsung no era lo que es hoy y ni siquiera lo que había sido.
Por el contrario, era sinónimo de productos defectuosos y mala calidad. Lo que en Chile llamaríamos una “marca chancho”, barata y poco confiable. Ni los directivos de la empresa querían usar sus productos.
El Samsung SH70, lanzado en 1993, fue famoso por liviano, pero no por bueno: pesaba solo 100 gramos.
El punto de quiebre llegó en la Navidad de 1995 cuando Kun-hee Lee, hijo del fundador y presidente en ese entonces, quiso tener un gesto y regaló teléfonos y faxes de la marca a sus socios y empleados.
La idea terminó en humillación total: la mayoría de esos aparatos no funcionaba o falló al poco tiempo.
Una hoguera de 50 millones de dólares
Muriendo de vergüenza, Lee Byung-Chul tomó una decisión que parecería una locura para cualquier dueño de una empresa:
Ordenó reunir 150.000 dispositivos (celulares, televisores y faxes) en el patio de una de sus fábricas y, ante la mirada de 2.000 empleados, los dispositivos fueron destruidos a martillazos y arrojados a una gran hoguera. Podemos intuir el mensaje subyacente: “Nada es mejor que algo malo”.

Tras la hoguera, se abocó a impulsar un cambio total en la empresa.
Dos de sus principales cambios fueron:
- Calidad sobre cantidad: si se detectaba un error, la línea de producción debía detenerse inmediatamente, sin importar el retraso.
- Tiempo para pensar: cambiaron los horarios para que los empleados tuvieran tiempo para pensar en innovaciones y no se limitaran solo a ejecutar.
Estas decisiones transformaron una cultura de mediocridad en una de excelencia mundial.
La historia de Samsung es una muestra de que el éxito no es una línea recta y de que para avanzar hay que tener la valentía de “quemar” lo que no está funcionando: un proceso ineficiente, ese producto que no te enorgullece o la mentalidad de “así se ha hecho siempre”. También nos invita a pensar: ¿Hay algo en nuestros negocios que merecería ir a la hoguera?